Vanessa Moreno
Un importante hallazgo arqueológico sorprendió a especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) durante los trabajos de construcción del Tren de Pasajeros México-Querétaro, en las inmediaciones de la terminal de Buenavista, en la Ciudad de México, donde fue localizado un depósito de restos humanos que podría corresponder a un antiguo osario.
Los primeros vestigios fueron encontrados el 17 de septiembre de 2026, durante las labores de preparación del terreno para el tendido de las vías ferroviarias. Las excavaciones, realizadas bajo supervisión del INAH, permitieron recuperar nueve osamentas, cinco mandíbulas, fragmentos de caderas, fémures, costillas, tibias, radios y dientes.
De acuerdo con los especialistas, dos de los cráneos presentan modificaciones, aunque todavía se desconoce si estas fueron resultado de prácticas culturales. Su análisis permitirá establecer características como la edad y el sexo de los individuos, así como determinar con mayor precisión el contexto histórico al que pertenecen.
El descubrimiento no se limitó a los restos óseos. En el mismo sitio se recuperaron diversos objetos que aportan información sobre las actividades cotidianas de las antiguas poblaciones.
Entre los materiales destacan fragmentos de platos, ollas y salineras, estas últimas utilizadas para la extracción de sal en el antiguo lago de Texcoco. También se encontraron siete malacates en miniatura, dos figurillas, herramientas de piedra y fragmentos de manos de metate y mortero.
Asimismo, fueron recuperadas navajillas, principalmente de obsidiana verde, cuya procedencia podría estar relacionada con la Sierra de las Navajas, en Hidalgo.
La cerámica encontrada corresponde al periodo Azteca III, ubicado entre 1350 y 1520 después de Cristo. En conjunto, los materiales podrían aportar información sobre los últimos años de la época prehispánica y el periodo colonial temprano.
Uno de los aspectos que llamó la atención de los investigadores es que los restos no conservan una relación anatómica, es decir, no se encontraron esqueletos completos en su posición original.
La antropóloga física Abril Machain Castillo explicó que la presencia de cráneos y huesos largos, sin piezas pequeñas o fragmentos irregulares, es uno de los elementos que permite considerar que se trata de un posible osario.
Esta práctica consistía en trasladar los restos de personas previamente sepultadas hacia un espacio distinto, después de que sus lugares originales de entierro eran utilizados nuevamente.
La ubicación del descubrimiento también tiene relevancia histórica, ya que corresponde a lo que fue el calpulli de Nonoalco, uno de los barrios prehispánicos del antiguo islote de Tlatelolco.
Además, los restos fueron localizados cerca de la iglesia de San Miguel Nonoalco, construida en el siglo XVI y utilizada como capilla de visita por los frailes franciscanos del Convento de Santiago Tlatelolco.
Esta cercanía abre nuevas posibilidades para investigar las prácticas funerarias y los cambios culturales que ocurrieron durante el encuentro entre las sociedades indígenas y los españoles.
Después de su registro arqueológico, los materiales fueron trasladados a laboratorios especializados en antropología física, lítica y cerámica, ubicados en Tula de Allende y Tepeji del Río de Ocampo, Hidalgo.
Ahí serán sometidos a procesos de limpieza, restauración y análisis para determinar su antigüedad, características y significado histórico.
El descubrimiento forma parte de las labores de salvamento arqueológico que acompañan la construcción del Tren México-Querétaro. El INAH ha informado que estos trabajos abarcan 226.4 kilómetros de recorrido y han permitido registrar vestigios en alrededor de 140 sitios.
Más allá de la infraestructura ferroviaria, estos hallazgos representan una oportunidad para conocer nuevos aspectos de las comunidades que habitaron el territorio mexicano hace varios siglos.
