Roberto Becerril
Las burbujas ya no son las protagonistas de las tardes en el zócalo de Cuernavaca. Hoy flotan casi en el olvido, atravesando una Plaza de Armas "General Emiliano Zapata" donde muchos niños permanecen sentados con la mirada fija en la pantalla de un teléfono celular. Mientras las esferas de jabón se desvanecen en el aire, las redes sociales, los videos y los videojuegos parecen haber ocupado el lugar de uno de los juegos más sencillos de la infancia.
A un costado de la plaza, Juan Carlos continúa haciendo lo mismo que hace más de dos décadas: destapa un frasco, sumerge el aro en agua con jabón y sopla. Decenas de burbujas comienzan a bailar con el viento, esperando que alguna mano infantil corra tras ellas. Pero esa escena, que antes era cotidiana, ahora ocurre cada vez con menos frecuencia.
El burbujero recuerda con nostalgia aquellos años en los que los pequeños insistían a sus padres para comprar un frasco de burbujas. Bastaba un poco de agua, jabón y la imaginación de un niño para convertir una tarde cualquiera en un recuerdo inolvidable. Las risas llenaban la plaza mientras las familias compartían un momento que no necesitaba baterías, internet ni pantallas.
Con el paso del tiempo, incluso las burbujas cambiaron. Los pequeños frascos de vidrio fueron desplazados por juguetes importados que funcionan con baterías y producen cientos de burbujas con solo presionar un botón. Sin embargo, para Juan Carlos, la mayor transformación no está en los juguetes, sino en la manera en que los niños juegan y conviven.
Mientras observa cómo las burbujas estallan una tras otra sin que nadie las persiga, hace un llamado a los padres de familia para rescatar esas tradiciones que marcaron su infancia. Cree que todavía es posible enseñar a las nuevas generaciones que, más allá de la luz de una pantalla, existe un mundo donde la diversión cabe en un frasco con agua y jabón, y donde una simple burbuja puede arrancar una sonrisa.