Fernando García Domínguez lleva ocho años trabajando en el panteón de Teopanzolco, en Cuernavaca.
El pasado 2 de mayo cumplió ocho años realizando labores de limpieza y actualmente se desempeña como administrador del lugar por parte del Ayuntamiento.
Calcula que existen entre tres mil y cuatro mil tumbas y, de acuerdo con los relatos que ha escuchado de personas que conocen el sitio desde niños, el panteón tendría sus orígenes aproximadamente en la década de 1950.
“Me ha llegado mucha gente de aquí, que cuando estaban chiquitos ya tienen como 60 años viviendo aquí. Me platican, me relatan toda su niñez, cómo estaba la bardita”, cuenta Fernando.
Durante estos ocho años ha escuchado pasos y asegura que, en ocasiones, algunas cosas han caído o se han movido, aunque dice que, con el paso del tiempo, uno termina acostumbrándose.

¿Le da miedo?
“No, miedo ya no”, responde.
Pero, entre todas sus experiencias, hay una que recuerda particularmente.
Hace aproximadamente dos años participó en la exhumación de una mujer que ya había cumplido con el periodo de siete años establecido para retirar un cuerpo.
Sin embargo, al abrir la tumba encontraron algo inesperado: el cuerpo aún conservaba la carne seca, el rostro y prácticamente toda su estructura, como si se tratara de una momia.
“Se le veía su rostro, su cuerpo completo. Estaba como momificada”, relata.
Ante esa situación, decidieron no manipular el cuerpo y dejarlo ahí para que continuara su proceso natural de descomposición.
Pero las historias del panteón no terminan con las exhumaciones.
Fernando asegura que, en algunas ocasiones, ha encontrado objetos que las personas dejan entre las tumbas y que relaciona con prácticas de brujería: veladoras, fotografías, prendas de vestir y otros objetos utilizados, según las creencias de quienes los colocan, para realizar rituales.
Incluso recuerda haber encontrado símbolos que identifica con la llamada magia negra.
¿Qué hace cuando encuentra estas cosas?
“Las deshago y las echo a la basura”, responde.
Para Fernando, quien pasa buena parte de sus días entre los muertos, el miedo terminó convirtiéndose simplemente en parte de su trabajo.
