Alejandro Garduño.
El 2025 quedará marcado como el momento en que millones de jóvenes dejaron de manifestarse solo en redes sociales y llevaron su inconformidad directamente al espacio público. En distintos puntos del planeta, la Generación Z (jóvenes menores de 30 años) encabezó movilizaciones masivas que no solo sacudieron gobiernos, sino que en varios casos provocaron la caída de autoridades y cambios políticos profundos.
Desde América Latina hasta Asia y África, las protestas crecieron como respuesta a la corrupción, la falta de oportunidades, la precariedad laboral y el uso abusivo del poder por parte de las élites. Lo que comenzó como reclamos digitales terminó convirtiéndose en movimientos sociales organizados, descentralizados y constantes.
Las plataformas digitales no fueron solo espacios de denuncia: se transformaron en herramientas clave para coordinar marchas, compartir información y mantener viva la presión social.
Un símbolo inesperado se volvió global: la bandera pirata del anime One Piece (una calavera con sombrero de paja) apareció en múltiples protestas como representación de la lucha contra la opresión y la injusticia.
Nepal: el estallido que inició la ola
Nepal fue uno de los primeros países donde el enojo juvenil se manifestó con fuerza. El 8 de septiembre, miles de jóvenes se concentraron para protestar contra el bloqueo de redes sociales y la corrupción política.
Al día siguiente, las manifestaciones derivaron en un estallido social que terminó con edificios emblemáticos del poder (como el Parlamento y la Corte Suprema) incendiados o saqueados. El saldo fue trágico: 76 personas murieron, entre manifestantes, reclusos y policías.
Las protestas obligaron a la renuncia del primer ministro K.P. Sharma Oli y, días después, se formó un gobierno provisional encabezado por Sushila Karki, expresidenta de la Corte Suprema.

Indonesia, Filipinas y el rechazo al privilegio
En Indonesia, miles de estudiantes tomaron las calles tras revelarse que los legisladores recibirían sueldos mensuales de hasta 14 mil dólares, mientras gran parte de la población gana apenas una fracción de esa cifra. Tras dos semanas de disturbios, con muertos y decenas de detenidos, el presidente Prabowo Subianto anuló varios privilegios parlamentarios.
En Filipinas, universitarios vestidos de negro encabezaron protestas contra la corrupción gubernamental, luego de descubrirse desvíos de recursos destinados a proyectos de emergencia que nunca se concretaron. Las investigaciones derivaron en arrestos y señalamientos contra altos funcionarios.
La inconformidad también se extendió a Timor Oriental, donde los jóvenes cuestionaron el gasto excesivo y el estilo de vida de la clase gobernante.

Madagascar: cuando el ejército intervino
En Madagascar, la presión social escaló hasta provocar un golpe militar que terminó con la salida del presidente Andry Rajoelina, quien huyó del país. Las protestas comenzaron por la falta de servicios básicos como agua y electricidad, pero pronto se transformaron en un movimiento contra la corrupción y la ausencia de oportunidades.
Soldados se sumaron a los manifestantes y rechazaron las órdenes de reprimir, acelerando el colapso del gobierno.

Marruecos: reformas tras la presión popular
En Marruecos, las protestas juveniles dejaron muertos y decenas de detenidos. Aunque el rey Mohamed VI evitó referirse directamente a las manifestaciones, exigió al gobierno acelerar reformas en educación, salud y empleo, los principales reclamos de la juventud marroquí.

Perú: la caída de Boluarte
Inspirados por movimientos internacionales, los jóvenes peruanos encabezaron movilizaciones contra la inseguridad y el crimen organizado. La presión política llevó a la destitución de Dina Boluarte en octubre. Su sucesor interino, José Jerí, enfrentó nuevas protestas que se disiparon tras una fuerte represión policial.

Bulgaria: la última sacudida
En Bulgaria, una ola de protestas con fuerte presencia juvenil estalló a finales de noviembre, cuando el gobierno intentó aprobar apresuradamente el presupuesto de 2026. Bajo presión social, el primer ministro Rosen Zheliazkov presentó su renuncia el 11 de diciembre, marcando el cierre de un año de rebelión juvenil sin precedentes.
